Dos meses, y ni un puñetero post. Me gustaría decir que estoy liado, pero lo cierto es que también estoy vago. Cuando no posteas regularmente, el número de anécdotas tiende a infinito en un diferencial de tiempo y claro, como que no converjo delante del ordenador el tiempo suficiente como para escribir algo decente.

Echo la vista atrás — o mejor a un lado, donde tengo las notas que he ido tomando — y empiezo a recordar algunas cosas interesantes que me han pasado los últimos meses.

Recuerdo el viaje de Edimburgo a Zaragoza (vía Londres, Madrid y Valladolid) para asistir al Congreso Español de Informática (CEDI 2007). Al contrario de lo que me pasó en Austria, en esta ocasión no me perdieron la maleta… sólo me la destrozaron. Una hora llorándole a una señorita detrás de un mostrador y los restos de mi equipaje roto como prueba consiguieron que me marchara con la promesa de una maleta nueva en mi casa para la semana siguiente. La vuelta fue más interesante aún, ya que el tren que debía llevarme a Madrid apareció con una hora de retraso, el cual se fue acumulando durante el viaje, consiguiendo que llegara a Barajas con tiempo suficiente para poder decir adios con la mano a mi vuelo a Edimburgo. Solté tanta pasta para cambiar los billetes que creo que la señorita de facturación no me cobró el exceso de equipaje por lástima.

En el piso de Edimburgo he tenido vecinos de todos los palos. Uruguayos, turcos, alemanes, españoles, rusos, eslovenos, checos, italianos, italianos, italianos, italianos… Los italianos son unos fiestas. Los dos últimos vinieron sólo para quince días, y nos hicieron aprovechar todas y cada una de esas quince noches. Creo que ya tenemos tarjeta de residentes en el pub de enfrente, y descuentos en sus billares. También hemos tenido tres alemanes, uno de los cuales ya se marchó. Siempre pensé que lo de la eficiencia alemana era un estereotipo, pero los alemanes que he conocido hasta ahora son gente realmente metódica y ordenada. Cada vez que llegaba uno nuevo, se empeñaba en hacer limpieza de revistas en la cocina y botes de champú en el baño, colocando a continuación sus cosas donde estaban las de los demás. Está claro que a los alemanes les encanta invadir sitios.

Edimburgo está plagado de españoles. Parece ser que hasta hace poco fue la mayor comunidad extranjera, recientemente superada por los polacos desde que entraron en la Comunidad Europea. En ocasiones no hace falta ni saber inglés. Si necesitas preguntar algo y no tienes un español a mano no importa, todo el mundo estudia español y está deseoso de mostrarte lo bien que lo sabe hablar. Todo el mundo adora España. Todo el mundo excepto yo conoce Barcelona. La mitad de la peña de la Universidad de Edimburgo — incluido el conserje cincuentón de mi facultad– tiene una casa en España. ¡España está de moda!… y así no hay quien aprenda inglés.

Precisamente, gracias a la ingente cantidad de españoles en Edimburgo, tuve la ocasión de conocer a Pepo. Pepo es un madrileño que ha pasado los tres últimos años en Edimburgo, donde cambió un trabajo de diseñador web en España por un curro de limpiador en la Universidad de Edimburgo. –“Estaba harto de Madrid y quería perder de vista el ordenador y buscarme aquí un curro de mierda”– me dice. Lo cierto es que, cuando estaba desesperado por tener que engullir diariamente lo que los británicos llaman aquí comida, apareció Pepo y me salvó la vida: –¡Pero tío! Tienes una tienda aquí cerca de comida mexicana y española y, ¿sabes qué? ¡Tienen latas de Fabada Litoral!”– Entre eso, y el día que encontré en el supermercado pimientos de Murcia, es que se me saltaban las lágrimas.

En Edimburgo todo el mundo hace deporte y deja el coche en casa. Lo primero que me enseñaron al llegar al piso fue dónde estaba la bicicleta. Ahí sigue. Prefiero los deportes bajo techo y la bicicleta estática, que sé que no se me va a pinchar una rueda. Como lo segundo que me enseñaron fue dónde está el gimnasio, me apunté a las dos clases que imparten allí: circuits class y body conditioning. La primera no tiene nada de interesante: un circuito con diferentes etapas en las que vas realizando una serie de ejercicios con pesas, colchonetas, etc., mientras un monitor cuarenton y ligeramente barrigudo te insta a cambiar de etapa al cabo de cierto tiempo. La clase de acondicionamiento físico es otra historia. Me esperaba algo totalmente diferente y lo que me encontré fue una clase mayoritariamente de mujeres de todas las edades en mallas pegando brincos al ritmo de música de aeróbic y de una profesora cincuentona más bajita que yo pero más cuadrada que muchos tíos que conozco. Uno llega a una edad en la que le da igual lo que piensen los demás –como dice un anuncio de la Renault– y, superada la vergüenza inicial y teniendo en cuenta que aquí no me conoce nadie, me da igual aprender pasos de aeróbic, aeroboxing o historias similares, mientras sude y pueda compensar con ejercicio la cantidad de horas que paso delante del ordenador. Espero que no haya coñas por parte de las compañeras con lo del españolito que hace aeróbic.

Eso sí, no pienso ponerme mallas.

Esto era un italiano, un alemán, una uruguaya y un turco. Parece un chiste, pero en realidad es una putada. Se trata de mis compañeros de piso y, naturalmente, ninguno de ellos es angloparlante nativo. Muy majos todos, pero así no hay dios que aprenda inglés. En primer lugar, porque la pronunciación es distinta según la procedencia. En segundo lugar, porque la construcción de las frases también es diferente. En tercer lugar, porque lo peor que puedo hacer es copiar la pronunciación y la gramática de otros extranjeros (véanse los puntos anteriores) y conseguir que mi inglés, de malo, pase a ininteligible.

Shit happens, que dicen los británicos y, a veces, ocurren casualidades. Me encontraba un día a la salida del curro esperando un autobús rojo de dos pisos, de esos a los que no me canso de sacar fotos como un turista japonés, cuando se acerca una mujer joven empujando un cochecito en el que iba una niña de dos años. Veo que le empieza a hablar en español, y le pregunto de dónde es: –de Madrid–, me contesta. –Llevo aquí desde Enero, y aún tengo para tres años–. Comenzamos a charlar en la parada y continuamos después en el autobús, contándonos nuestras vidas y hablando sobre lo bonito que es Edimburgo durante el Fringe y lo coñazo que resulta durante el resto del año. Al cabo de un rato, me comenta que existe un pub en Rose Street, la calle paralela a Princes Street –calle típica de compras donde puedes encontrar cualquier cosa al doble de su precio habitual– donde todos los miércoles se reune un grupo de intercambio español-inglés para conversar. Sonó entonces una música celestial, se hizo la luz para mí y el bus llegó a mi parada, con lo que me despedí de la mujer y de su niña, dándole las gracias y asegurándole que me acercaría al pub el miércoles siguiente.

Llegó el miércoles y llegué yo al pub de Rose Street. Un local típico, con una barra cuadrada que permitía a los camareros servirte en cualquier parte, no era muy diferente de la típica tasca española. Sólo que se llama de manera diferente. Mucho cuidado, por cierto, porque pub se pronuncia “pab”. Ni “paff”, que les suena fatal a los escoceses, ni “puff”, que significa maricón. Otra diferencia es que disponen de cuartos reservados al fondo del local, en uno de los cuales nos juntamos el grupo de intercambio para charlar, mientras te tomas una cerveza, una cocacola o un agua (still water, please, que me gusta sin gas!).

El ambiente es acogedor, y todo el mundo tiene alguna historia interesante que contar. En un país donde la mayoría de la gente es demasiado perezosa como para aprender otro idioma — ya que casi todo el mundo sabe hablar el suyo — resulta interesante encontrarse con gente que quiere aprender español porque está enamorada de Barcelona (–es que hay vuelos muy baratos–, me dicen), otros porque han estudiado medicina en Cuba (–te curo lo que sea, mi amol!–) y consideran que no olvidar el idioma es una forma de mantener los lazos con aquel país o, incluso, gente que ha aprendido español estando de Erasmus en cierta universidad del norte de España y tienes que explicarle que un tío nunca dice “dame un minutito, porfa!“.

Me gusta el sitio. Creo que, a partir de ahora, quien me quiera encontrar un miércoles por la noche, que me busque por Rose St.

Poder visitar Edimburgo es una regalo. Vivir allí tres meses, un chollo. Pero aterrizar justo en Agosto, durante el Festival de Edimburgo, es tener una potra que te cagas.

Si buscas Fringe en un diccionario, encontrarás que significa fleco, traza, flequillo…. En el caso de Edimburgo se refiere al festival alternativo del teatro y las artes más importante del mundo, que lleva celebrándose desde el final de la segunda guerra mundial. Junto con el Fringe coexisten otros festivales durante todo el mes de Agosto, como el del libro, el festival internacional de cine, etc., y todos ellos conforman el FESTIVAL, con mayúsculas.

Para no perderte entre los tres mil y pico espectáculos oficiales existen tropecientas guías, varias páginas web oficiales, los suplementos de los periódicos… pero da igual. Tienes tanto donde elegir, que no sabes por dónde empezar. Eso sí, lo de que los actores tienen que comer se lo toman en serio, y ninguna obra o espectáculo baja de las diez libras, por cutre que sea.

Después de pasarme dos horas y media con un café, ya frío, de la mano, y varias guías desperdigadas sobre la mesa de la cocina, llegué a la conclusión de que no soy una persona culta. Porque está claro que, cuando la gente no entra a una sesión de cine, es porque la peli es una mierda. Sin embargo, si no va a ver una obra de teatro, es porque no hay cultura en este país. Dicho de otro modo, que no tenía ni puta idea de en qué gastarme el dinero, ni si merecería la pena.

Al final, resulta que hasta los más frikis tienen cabida en este mundo, y he encontrado lo que buscaba: One man Star Wars. Básicamente, un tío te cuenta las trilogía original de Star Wars en sesenta minutos, y es capaz de conseguir que te descojones de la risa. En el link podéis ver un video con una pequeña escena de la obra. Y lo que no se ve ahí es mucho más divertido.

Para compensar y acallar mi conciencia, también compré entradas para una representación de Macbeth. No quería quedarme dormido a los diez minutos, así que me decanté por una nueva versión del clásico de Chespir: Macbeth - Who is that Bloodied Man?. Cazadoras de cuero, uniformes que evocaban la segunda guerra mundial y motos, aderezado todo ello con algún desnudo, amenizaron la noche.

Aunque en el momento de escribir este post el Fringe ya ha terminado, aún nos queda una semana de festival, y podremos disfrutar de algunos espectáculos más, como el concierto de clausura del festival, el domingo 2 de Septiembre, acompañado de un espectáculo de fuegos artificiales a ritmo de la música.

Me estoy temiendo que, el resto del año, Edimburgo va a ser un coñazo, para compensar tanta fiesta concentrada en un mes.

Resoplo y empujo con todas mis fuerzas. Salto y brinco encima de ella. Por fin, tras unos cuantos empellones más, consigo cerrar la maleta. 24 kilitos de nada. Teniendo en cuenta que la compañía aérea con la que viajo cobra por sobrepeso a partir de 20 kilos, la broma podría salirme por 40 euracos a mayores. Y ese dinero va a tener que salir de mi bolsillo…

Me marcho a Edimburgo. Me han concedido una estancia de tres meses en un centro de investigación escocés y, como siempre he querido saber qué tal me sientan las faldas, he pensado que lo mejor sería probármelas donde pueda pasar desapercibido entre otros especímenes masculinos y heterosexuales, orgullosos de lucir su kilt.

El BerSaSCe (Berberecho Salvajes’s Supercomputing Centre) forma parte de un programa europeo de intercambio para investigadores que se dediquen a eso de machacar números con ordenadores. Te pagan el viaje, la estancia, las dietas y las p… osibles contingencias que puedan surgir. Esa oferta no la he encontrado aún en ninguna agencia de viajes, así que he decidido aprovechar la coyuntura. Sólo por hacer un favor a los escoceses, claro…

Tras consultar la Guía Trotamundos de Escocia, he descubierto algunas cosas que deberían ser tenidas en cuenta por cualquier pipiolo pardillo y provinciano que, como yo, vaya a viajar allí:

  • Los británicos son europeos, pertenecen a la CEE, pero no les da la gana entrar en la zona euro. La libra esterlina está a algo más de un euro y medio. Así que si vas a cambiar dinero, prepara la cartera.
  • Los británicos conducen por la izquierda. Existen varias leyendas e historias que lo justifican. Una de ellas dice que la tradición viene de la época en la que las monturas y carruajes eran atacados por ladrones en los caminos. Si conduces por la izquierda, puedes blandir la espada con la mano derecha y defenderte mientras escapas. Otra historia cuenta que simplemente se trataba de llevar la contraria a Napoleón. Yo me creo la segunda.
  • Los británicos utilizan enchufes de tres pines. O te compras un adaptador o, como método más práctico e ingenieril, metes un capuchón de un boli Bic en ese tercer agujero, y ya puedes pinchar tus enchufes españoles.
  • Debido a la aparente incapacidad de muchos extranjeros para apreciar la buena comida, existe una leyenda negra sobre la cocina británica. Es totalmente cierta, y cualquier adjetivo degradante que se le aplique es poco. Los cuatro kilos de sobrepeso de mi maleta se deben a los chorizos gallegos y jamón serrano que llevo envasados al vacío. Sé que los pagaré caros, pero a mí nadie me quita el pan (ni el bocadillo de chorizo) de la boca.
  • Los ingleses son algo más estirados. Los escoceses son más abiertos y amables. Doy fe de ello, al menos por cómo se han molestado en facilitarme las cosas para que pudiera ir allí
  • El tiempo en Escocia es frío y lluvioso, con cielos nublados y grises. ¡Qué bien, será como no haberme ido de Santiago!
  • Los escoceses hablan raro. Pero raro, raro. En ocasiones, no se entienden ni entre ellos. Creo que irme a Escocia va a suponer una mejora en mi nivel de inglés similar a la que sufriría un británico que viniera a Sevilla a aprender español.
  • El Monstruo del Lago Ness TM no existe. El Monstruo de Leganés, quizá.

Así que ya veremos si estos meses se traducen en un conjunto de interesantes historias con las que deleitar a los lectores (si aún me queda alguno) o termina siendo como la carta del estudiante erasmus en Helsinki. Um, me temo que voy a echar de menos a algunas personas.

El ingeniero pucelano en Santiago… ahora, y por tiempo limitado, en Escocia.

Soy un tío muy despistado. Además, me oriento muy mal. Llevaba tres años estudiando la carrera en el mismo sitio y aún me perdía si tenía que buscar algo que no fuera mi clase, la cafetería o la reprografía… y menos mal que las dos últimas estaban contiguas. Por eso, cuando me encontré de repente en el aeropuerto de Linz (Austria), solo, sin maletas, y casi sin saber alemán, empecé a plantearme que quizá tenía un problema.

Lo bueno de hacer investigación es que viajas. Básicamente, la promoción vigente todo el año en cualquier departamento es “investiga, escribe artículos, y gana viajes gratis (ejem)“. Por eso me sorprendí a mí mismo cuando tuve algo publicable que enviar a un congreso. Me sorprendí aún más, y a todos los compañeros del departamento, cuando me lo aceptaron.

Así que me fui para Austria vía Frankfurt, donde me perdieron la maleta. Dicen que, estadísticamente, es muy improbable que pierdas el equipaje hasta que no llevas unos cuantos viajes en avión a la espalda. Éste era el primero de mi vida adulta, así que ya cubrí mi cupo. Aquel día debería haber hecho una quiniela. Seguro que tocaba.

Durante el viaje de ida quedé impresionado por el tamaño del aeropuerto de Frankfurt, donde hice escala para coger otro vuelo a Austria. Mientras el autobús del aeropuerto recorría las pistas conmigo dentro, yo miraba impresionado el tamaño de los aviones transcontinentales de Lufthansa, esperando montar en uno de ellos. Efectivamente, el autobús se detuvo delante de un avión de la compañía… del tamaño de una avioneta. El rótulo del fuselaje rezaba “Lufthansa Regional”, y el vuelo fue similar a pillar el coche burra que va de Santiago a Lugo. Se notaba que el cacharro era de hace un par de décadas, con los asientos de polipiel, los respaldos defectuosos (despegué con mi asiento en posición horizontal, cual astronauta) y, como me comentaría más tarde una amiga que viajó en el mismo avión, algún perno que se soltaba de los asientos.

Tras aterrizar en Linz y constatar que la cinta transportadora del aeropuerto no iba a escupir ninguna maleta más, me acerqué a llorarle a una amable señorita que pacientemente me tomó los datos para enviarme la maleta al hotel cuando llegara. El día estaba frío y lluvioso, y todo aquel que me miraba por la calle debió de pensar que era muy valiente por pasear en camiseta de manga corta, ignorantes de que mi cazadora estaba con mi equipaje facturado. Llevaba un calzoncillo a mayores en mi equipaje de mano, pero es que eso no abriga nada.

Conocí en el hotel a un valenciano y una valenciana, que presentaban sendos artículos en el congreso. Pude comprobar que los dos eran buena gente, sobre todo porque sé que me estarán leyendo. Nos fuimos a cenar a un restaurante cercano, el Johann’s, donde pudimos comprobar que, si el austriaco medio es orondo y de aspecto feliz, probablemente se deba a la comida del país.

A la mañana siguiente encontré mi maleta en la recepción del hotel. Menos mal, porque ya me veía presentando mi artículo en vaqueros y camiseta. Los de Lufthansa, con eficiencia alemana, me la habían llevado en taxi a primera hora de la mañana para desencanto del conserje del hotel, el cual me había asegurado el día anterior, con una sonrisa socarrona, que tardarían una semana en traérmela.

Durante el desayuno con los valencianos, una señora de mediana edad, que se encontraba desayunando en una mesa contigua junto a unas amigas, se dirigió a mí:

- Perdona… ¿no eres actor? ¿no eres tú el que actuó ayer en la obra?

- ¿Obra?¿qué obra?. Perdone, señora, pero no sé a qué se refiere.

- Anoche fuimos a ver Fígaro en la ópera. ¿No eras tú el tenor?

- Pues no, señora… pero muchas gracias.

Je, si me llega a oir cantar en la ducha, flipa.

Y bueno, el congreso fue como todos los congresos. Un tío expone su trabajo y el resto se dividen entre los que escuchan, los que duermen y los que se marchan a visitar la ciudad. Tras presentar mi trabajo, se me acercó una profesora rumana blandiendo un folleto de la universidad de Mississippi, para la que trabajaba. Me comentó que si estaría interesado en hacer mi tesis allí, ya que estaban buscando buenos investigadores. Esbocé una sonrisa, y le comenté: “ah, ¿tienen que ser necesariamente buenos?. Qué lástima…”. Me traladró con la mirada.

Estos investigadores no tienen sentido del humor.

Son las 5 y media de la madrugada. Estoy sentado frente a mi portátil rodeado de unos 4095 frikis de la informática, en el Bilbao Exhibition Centre de Barakaldo. Llevo aquí tres días y ya he visto de todo, desde gente disfrazada de sus héroes de series manga hasta clanes de jugadores profesionales de videojuegos, pasando por cientos de personas cuyos puestos parecen una especie de estación espacial, debido a la cantidad de aparatos informáticos que han traído. De hecho, algunos puestos parecen el vertedero de la estación espacial, con montones de bolsas y restos de comida que rodean a sus ordenadores. Cerca de mí hay un tío que ha llegado a poner un cartel en su puesto que reza “No sufro el síndrome de Diógenes. Es que mis amigos son unos guarros”.

Con treinta años uno ya considera que tiene edad para asistir a una party informática. De hecho, treinta años son demasiados para asistir a cualquier party. No estaba seguro de que mi cuerpo aguantara tantas horas delante de un ordenador. Por suerte, he podido dedicar este fin de semana a algunas actividades más lúdicas aparte de descargarme copias de seguridad de películas. También he podido, por ejemplo… descargarme música.

Una ventaja frente a los veinteañeros que me rodean y se dedican a jugar al Counter Strike, ignorantes de la hora que es, es que yo no me viciaré a pasar horas y horas enganchado al ordenador. No lo haré porque he venido a la Euskal con amigos poco frikis. Me estoy refiriendo a los informáticos. Paradójicamente, muchos informáticos, tras pasar horas y horas delante de un ordenador terminan por aborrecerlos, y cuando acaban la jornada laboral lo único que desean es desconectar. Hoy ha sido un caso claro, por lo que nos hemos pillado el metro y nos hemos ido a conocer Bilbao… y sus tapas. ¡Hostia, Pachi, qué tapas!

Podría contar muchas anécdotas de esta party, pero creo que será más interesante buscarlas en youtube. Y tengo sueño.

Me voy a dormir, ya no tengo edad para estas cosas.

Estoy hecho un pupas. Si en el anterior post hablaba de fornidos karatekas saliendo reventados del gimnasio, ahora tengo que hablar de fornidos karatekas que hacen que sea yo el que salga reventado… literalmente. Y es que últimamente cobro más que un constructor en Marbella.

El problema de pelear con competidores es que, para ellos, “marcar una técnica” no es hacer un ligero contacto en el contrario sino, más bien, dejarlo marcado. Y el problema de no ser un competidor consiste en que “bajar la guardia” y no cubrirse la cara no te parece, a primera vista, que suponga un riesgo inminente para la salud.

Pero lo supone. Joer que si lo supone.

Cuando empezaba a plantearme si pintarme o no el ojo derecho con tonos fucsia, para que hiciera juego con el moratón del ojo izquierdo, comenzó por fin a curarse. A veces me creo que soy Asterix y que con mi minúsculo tamaño puedo lanzarme contra un tío de metro noventa y ciento veinte kilos. Luego descubres que no has tomado ninguna poción mágica y que a semejante mole le basta con alargar el brazo y esperar a que Asterix impacte contra su puño. Pobre, lo que debío de dolerle cuando le golpeé con mi ojo.

Ahora mismo estoy reponiéndome de la endodoncia en vivo que casi me aplican en la mandíbula de una patada. Claro, joer, “si es que no te cubres”, me dijeron. Pues va a ser eso, aunque yo nunca le sacudí a nadie a pesar de que no se estuviera cubriendo correctamente.

Mi compañera de piso se descojona… discretamente. “Oye, ¿y realmente te compensa ir a entrenar?”, me pregunta. Y lo cierto es que no lo sé, aunque me ha servido para descubrir que tengo los huesos más duros de lo que pensaba.

Me estoy replanteando pasarme a una actividad más relajada, como el ganchillo o el punto de cruz.

Cuando me dijeron que mi actual profesor de karate se marchaba por tiempo indefinido empecé a plantearme si realmente soy una persona gafe. O medio gafe, al menos ya que, de seis gimnasios en los que he entrenado hasta ahora, tres cerraron al poco de matricularme en ellos. “Ya está” –pensé– “otra vez a buscar algún sitio donde pagar para que tíos más grandes que yo me sacudan como si fuera un saco de boxeo”. Por suerte, mis expectativas sadomasoquistas se siguieron cumpliendo en el mismo gimnasio, puesto que nos informaron de que pronto vendría un sustituto.

El nuevo profesor de karate no es un profesor. Es una profesora. Treinta y tantos, semblante serio, pelo rubio recogido en una cola de caballo, un kimono inmaculado y un cinto negro ajado que demuestra años de experiencia. Parece ser que todo queda en casa, ya que se trata de la mujer de nuestro profesor. Es una karateka de segunda generación, cuyo padre también fue profesor de karate, casada con un karateka, y con un chaval que también es cinto negro. Dios, dios, todos con superpoderes, como en “Los Increíbles”… no quiero imaginar cómo solucionarán las discusiones en casa.

Me habían advertido que era dura, pero no alcanzas a comprender el concepto hasta que lo sufres en tus propias carnes. En un arte marcial en el que tradicionalmente el número de hombres ha superado al de las mujeres, ha existido siempre cierta condescendencia por parte de los primeros hacia las segundas, y muchos tíos sufren el prejuicio, erróneamente, de que una karateka frente a un karateka no tiene ni media hostia.

Desde que llegó esta mujer nadie ha vuelto a pensar así.

Tres días por semana, cualquier observador ajeno al Tatami, o zona de entrenamiento, verá entrar en él a un conjunto de fornidos karatekas con actitud decidida y desafiante (bueno, también me verá entrar a mí bastante acojonado). Al cabo de una hora, observará arrastrarse penosamente fuera del Tatami a un conjunto de guiñapos agotados y sudorosos, mera sombra de lo que fueron karatekas decididos y desafiantes. En ocasiones yo he alcanzado una fase Nirvana superior al agotamiento, y, en vez de arrastrarme, me han tenido que sacar de allí.

El fin justifica los medios, y cualquier método le sirve a la profesora mientras sea útil para mantenernos en forma. Los peores días son aquellos en los que, para realizar trabajo cardiovascular, toma prestados los step que utilizan las chicas en las clases de aeróbic. Un step, como su nombre indica, es una pequeña pieza de plástico que actúa a modo de escalón de altura regulable, de modo que puedas realizar ejercicio subiendo y bajando de él, saltando alrededor, y haciendo otras zarandajas varias al ritmo de la música.

Supongamos que el observador de antes, ya bastante descojonado de la risa, pasa otro día por delante del Tatami. A través de una de las paredes, que es de cristal, contemplará al conjunto de fornidos karatekas los cuales, vistiendo un traje de romano en vez de mallas ajustadas, resoplan mientras suben y bajan del step al ritmo marcado por la profesora, la cual los deleita con arengas como: “¡Venga, joder!. ¡Cómo se nota que nunca habéis practicado aeróbic!”. La verdad es que nunca pensé que abrazaría mi lado femenino haciendo estas cosas. ¿Pero yo no había pagado para recibir clases de karate?.

A pesar de todo, tengo que reconocer que he mejorado mi forma física y mi técnica mucho más deprisa de lo que imaginé nunca. ¡Y qué coño! En el fondo, aunque no nos guste reconocerlo, a los tíos nos pone que una mujer nos dé caña. Aún así, procuraré ir a las clases de cintos más bajos, ya que con ellos no es tan exigente… que uno ya no tiene edad para excesos.

El día 24 por la tarde, nada más llegar a Valladolid, decidí salir a dar una vuelta para, iluso de mí, buscar alguna tienda abierta con la esperanza de encontrar un regalo para un amigo. Su cumpleaños había sido en Octubre y estábamos en Diciembre, así que empecé a pensar que sería buena idea no dejar pasar más tiempo, o tendría que hacerle dos regalos seguidos.

Mientras meditaba sobre esas cosas, me cruzo con un matrimonio con un chaval de unos seis o siete años. La madre lleva agarrado de la mano al chico, y escucho que le dice:

Como no te portes bien, ni Papá Noel, ni los Reyes Magos, te traerán nada. Ya sabes que ellos lo ven todo y saben que te estás portando mal—

Si esto fuera un teorema matemático, se me ocurrirían varios corolarios para dicha sentencia. Por ejemplo:

  1. Por fin hemos aprendido en este país a hacer redistribución de carga. Hasta hace pocos años, los chavales sufrían una crisis de ansiedad que comenzaba con las vacaciones escolares de Navidad y aumentaba progresivamente hasta la noche del día 5 de Enero, fecha en la cual los padres se replanteaban si dejar a sus hijos sobrecitos de tila en vez de carbón. Ahora, gracias a Papá Noel y a Coca Cola, que le convenció para pasarse del discreto traje color Amena al llamativo Vodafone, los niños sufren dos crisis de ansiedad. La primera comienza a principios de Diciembre y les dura hasta el 25. La segunda abarca desde dicha fecha hasta el 6 de Enero. Sin embargo, esta segunda etapa de nervios y agobio es paliada en parte gracias a los regalos que recibieron tras la primera crisis.
  2. Los Reyes son los padres, los príncipes los hijos, y Papá Noel tiene un reno con nombre de homosexual. Los críos no son tontos, y si ya era difícil hacerles tragar con la historia de que tres tíos venidos de no sé dónde, guiados por una estrella en vez del Tom-Tom, y con camellos con alforjas pero sin fariña, les van a traer regalos porque son así de majos, más difícil aún es añadir un cuarto tío, gordo, con barba blanca, y montado en un trineo tirado por renos, que se va a colar por la chimenea y les va a traer más regalos aún, para conseguir fidelizar chavales, y que hagan la portabilidad de tarjeta pre-Mago a contrato vitamina-Santa-Claus. Hoy en día los críos saben latín. Es más, te pueden declinar “Rey Mago” mientras aporrean el mando de la Playstation con una mano y hablan por el móvil con la otra. El otro día, mi tía se quedó acojonada cuando descubrió a su hijo, mi primo, de seis años, escondido tras la puerta mientras ella hablaba con mi madre sobre las compras de Navidad. ¡Que se lo saben de sobra!. Lo que pasa es que no les interesa descubrirse, para que los mayores sigamos pensando que mantienen la ilusión y continuemos regalándoles un montón de cosas. Y, además, no tienen que darnos las gracias. Total, los regalos los traen los reyes…
  3. Estamos precondicionados desde pequeñitos. ¿Nadie se ha preguntado nunca por qué tienen tanto éxito programas como Gran Hermano?. Desde nuestra más tierna infancia nos hemos acostumbrado a escuchar, cada Navidad, la frase: Los Reyes Magos lo ven todo, lo saben todo, y si no te portas bien no te traerán nada. Tenemos tan incrustado en el cerebro ese hecho y ese chantaje, que nos parece normal que alguien, de mayor, quiera meterse en una casa para ser observado las veinticuatro horas. Total, si los Reyes Magos me vigilan… ¿qué más da tres tíos que tres mil?. Por otra parte, a los que estamos fuera nos gusta ejercer el papel de Magos de Oriente. Puesto que toda la vida vigilaron que fuéramos buenos, ahora vigilamos nosotros. Y si no son buenos, les llevamos el carbón de las nominaciones… ¡pa que se jodan!.

En fin, que si dejamos aparte el lado consumista del asunto puede quedarnos, o bien nada, o bien la ilusión de hacer regalos a los que sabemos realmente que aún no se enteran de la fiesta. Para muestra, mi sobrinilla de dos años, que aún me da las gracias por haberle pedido a los Reyes Magos que le trajeran los peluches que me pidió. Espero que siga sin enterarse por muchos años. Y si no, que me engañe ella a mí.

Why me, God!!!
Joey, el día de su 30º cumpleaños (Friends).

Hoy es uno de esos días en los que te levantas reflexionando sobre las experiencias vividas, sobre las cosas que has hecho en tu vida, las que deberías haber hecho, y las que te gustaría hacer en el futuro.

Recuerdas a la gente que conociste, que sabes que no volverás a ver, y que echas de menos. Recuerdas a tus amigos, a los de verdad, a los que nunca te fallan. Recuerdas a tu familia. Y, ¿por qué no?, también recuerdas a aquellos a los que desearías no haber conocido jamás.

Hoy es el típico día para pajas mentales. Me como la cabeza pensando si habré marcado el rumbo correcto a mi vida, si habré tomado las decisiones acertadas, y trato de intuir cómo serán los próximos años. Decido, por fin, que las cosas siempre podrían ir mejor, pero que he tenido mucha suerte en la vida, y que no tengo derecho a quejarme.

Hoy se cumple un trágico punto de inflexión en mi vida. Hoy cumplo treinta años.

Vaaale, no es para tanto. La neurona sigue como siempre, aún conservo el pelo en toda la zona del cuero cabelludo, casi no tengo arrugas y, las que tengo, son de reirme. De todos modos, prefiero pensar que cumplo veintidiez años. Físicos, por supuesto. Gracias a Dios, sigo teniendo unos quince años mentales.

Aprovechando dicha mentalidad y a modo de terapia, cual Woody Allen tumbado en un diván, he pensado en afrontar la crisis de los treinta comprándome un deportivo descapotable y comenzando a salir con niñas de veinte. Aunque quizá deje lo del descapotable para más adelante.

Lo mejor será tomárselo con humor y seguir escribiendo posts en el weblog. Casualidades de la vida, esta noche nos reuniremos unos cuantos compañeros de carrera. Celebraré que seguimos todos bien, y que este año hemos podido volver a juntarnos. Quizá incluso me estire y pague unas copas… ¡Barra libre, invita Torrente!

Como pensamiento para la reflexión, recordaré aquel que dice que los ingenieros comienzan a ser atractivos a partir de los treinta y cinco. Ignoro si se debe a las canas o a la cartera. ¡La felicidad me embriaga, ya me falta menos!.

En fin… que me quede como estoy.

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