Fri 9 Nov 2007
Dos meses, y ni un puñetero post. Me gustaría decir que estoy liado, pero lo cierto es que también estoy vago. Cuando no posteas regularmente, el número de anécdotas tiende a infinito en un diferencial de tiempo y claro, como que no converjo delante del ordenador el tiempo suficiente como para escribir algo decente.
Echo la vista atrás — o mejor a un lado, donde tengo las notas que he ido tomando — y empiezo a recordar algunas cosas interesantes que me han pasado los últimos meses.
Recuerdo el viaje de Edimburgo a Zaragoza (vía Londres, Madrid y Valladolid) para asistir al Congreso Español de Informática (CEDI 2007). Al contrario de lo que me pasó en Austria, en esta ocasión no me perdieron la maleta… sólo me la destrozaron. Una hora llorándole a una señorita detrás de un mostrador y los restos de mi equipaje roto como prueba consiguieron que me marchara con la promesa de una maleta nueva en mi casa para la semana siguiente. La vuelta fue más interesante aún, ya que el tren que debía llevarme a Madrid apareció con una hora de retraso, el cual se fue acumulando durante el viaje, consiguiendo que llegara a Barajas con tiempo suficiente para poder decir adios con la mano a mi vuelo a Edimburgo. Solté tanta pasta para cambiar los billetes que creo que la señorita de facturación no me cobró el exceso de equipaje por lástima.
En el piso de Edimburgo he tenido vecinos de todos los palos. Uruguayos, turcos, alemanes, españoles, rusos, eslovenos, checos, italianos, italianos, italianos, italianos… Los italianos son unos fiestas. Los dos últimos vinieron sólo para quince días, y nos hicieron aprovechar todas y cada una de esas quince noches. Creo que ya tenemos tarjeta de residentes en el pub de enfrente, y descuentos en sus billares. También hemos tenido tres alemanes, uno de los cuales ya se marchó. Siempre pensé que lo de la eficiencia alemana era un estereotipo, pero los alemanes que he conocido hasta ahora son gente realmente metódica y ordenada. Cada vez que llegaba uno nuevo, se empeñaba en hacer limpieza de revistas en la cocina y botes de champú en el baño, colocando a continuación sus cosas donde estaban las de los demás. Está claro que a los alemanes les encanta invadir sitios.
Edimburgo está plagado de españoles. Parece ser que hasta hace poco fue la mayor comunidad extranjera, recientemente superada por los polacos desde que entraron en la Comunidad Europea. En ocasiones no hace falta ni saber inglés. Si necesitas preguntar algo y no tienes un español a mano no importa, todo el mundo estudia español y está deseoso de mostrarte lo bien que lo sabe hablar. Todo el mundo adora España. Todo el mundo excepto yo conoce Barcelona. La mitad de la peña de la Universidad de Edimburgo — incluido el conserje cincuentón de mi facultad– tiene una casa en España. ¡España está de moda!… y así no hay quien aprenda inglés.
Precisamente, gracias a la ingente cantidad de españoles en Edimburgo, tuve la ocasión de conocer a Pepo. Pepo es un madrileño que ha pasado los tres últimos años en Edimburgo, donde cambió un trabajo de diseñador web en España por un curro de limpiador en la Universidad de Edimburgo. –“Estaba harto de Madrid y quería perder de vista el ordenador y buscarme aquí un curro de mierda”– me dice. Lo cierto es que, cuando estaba desesperado por tener que engullir diariamente lo que los británicos llaman aquí comida, apareció Pepo y me salvó la vida: –¡Pero tío! Tienes una tienda aquí cerca de comida mexicana y española y, ¿sabes qué? ¡Tienen latas de Fabada Litoral!”– Entre eso, y el día que encontré en el supermercado pimientos de Murcia, es que se me saltaban las lágrimas.
En Edimburgo todo el mundo hace deporte y deja el coche en casa. Lo primero que me enseñaron al llegar al piso fue dónde estaba la bicicleta. Ahí sigue. Prefiero los deportes bajo techo y la bicicleta estática, que sé que no se me va a pinchar una rueda. Como lo segundo que me enseñaron fue dónde está el gimnasio, me apunté a las dos clases que imparten allí: circuits class y body conditioning. La primera no tiene nada de interesante: un circuito con diferentes etapas en las que vas realizando una serie de ejercicios con pesas, colchonetas, etc., mientras un monitor cuarenton y ligeramente barrigudo te insta a cambiar de etapa al cabo de cierto tiempo. La clase de acondicionamiento físico es otra historia. Me esperaba algo totalmente diferente y lo que me encontré fue una clase mayoritariamente de mujeres de todas las edades en mallas pegando brincos al ritmo de música de aeróbic y de una profesora cincuentona más bajita que yo pero más cuadrada que muchos tíos que conozco. Uno llega a una edad en la que le da igual lo que piensen los demás –como dice un anuncio de la Renault– y, superada la vergüenza inicial y teniendo en cuenta que aquí no me conoce nadie, me da igual aprender pasos de aeróbic, aeroboxing o historias similares, mientras sude y pueda compensar con ejercicio la cantidad de horas que paso delante del ordenador. Espero que no haya coñas por parte de las compañeras con lo del españolito que hace aeróbic.
Eso sí, no pienso ponerme mallas.
